REVISTA DAMASCO

No quiero ser un Playmobil

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Por Flora González Lanzellotti

Leo La Nación, sí. Siempre estuvo presente en mi casa, bajo el brazo de mi viejo, disputándole la mesa del domingo a la materna Página/12. Cóctel familiar del bueno.

Ya es un hábito repasar los artículos de la sección Redes Sociales/Internet para ver qué hay, para religarme a veces con mi pasado de pseudo community manager y seguir ratificándome como activista Linux. Así, uno de esos días -cualquiera de abril- me encuentro con el artículo intitulado “Darse” entre amigos, la moda más picante de la web. En pocas palabras: el texto presenta las bondades de una página tipo aplicación que permite buscar intereses sexuales en común con nuestros amigos de Facebook, a fin de sugerirte con quién de ellos te darías. Reza el copete: “Tus amigos nunca sabrán que estás interesad@ a menos que ell@s lo estén”. Agrega: “Completamente privado y discreto hasta que ambos quieran darse entre sí”.

Lo leo completo porque me interesan las nuevas configuraciones vinculares que se producen o que surgen a partir del universo virtual que ya no es una alteridad en, sino una suerte de mónada más que construye nuestro “mejor de los mundos posibles”. Y pienso.

A estas alturas, ya nos puede ser indiferente que la gente invente aplicaciones de lo más llamativas; no dejan de ser el producto de un proceso creativo de alguien que sigue creyendo en la utilidad de esa idea. Especialmente cuando se trata de contribuir a la configuración de una antropología cibernética con todo lo que tal cosa implica (nuevas formas verbales, neologismos tekis, espacios de desarrollo vital que hay que asimilar, en definitiva, una nueva autoconciencia de usuario/consumidor/eslabón de la cadena tecnológica).

Sin embargo, el artículo provoca una reacción que tiende a irritar a cierta clase de personas en general y a mí en particular. No tanto porque ponga en evidencia lo que en mi época se llamaba publicidad encubierta, sino más bien por ejercer una violencia sobre el discurso, sobre la palabra, que hace saltar determinadas alarmas a las que les tengo mucho respeto.

El texto presenta a dos jóvenes, Lucía y Luciano, como paradigmas de la aplicación práctica y su consecuente éxito. Describe asimismo el aumento de amigos que verifican nuestras cuentas día a día -porque todos somos muy populares-, habla de la velocidad del mundo moderno, las nuevas instancias vinculares y algún concepto relacional más. Intuyo ya mismo que me encontraré con “argumentos de autoridad” del tipo profesionales del ámbito de las ciencias sociales que toda redacción tiene a mano oportunamente.

Avanzo en el texto y verifico de qué manera comienzan a operar los dispositivos que inyectan violencia en el lenguaje. Nuestros amigos en facebook y twitter son ahora “carteras de contactos o conocidos”. Han dejado de ser amigos en un microsegundo. Oh, la belleza de lo efímero. Comienza entonces a ilustrarnos el sexólogo de turno con una afirmación que es una perla fina del oriente:

Hoy la gente joven se siente con derecho a tener sexo sin que eso implique un condimento emocional (…) Pasar de la amistad a la cama existió siempre; lo nuevo es que este pasaje a la cama antes traía consecuencias y ahora, no.

No puedo evitar la siguiente imagen mental: desde Hobbes a la Nussbaum, pasando por McIntyre, Guariglia o Esposito, los veo retorcerse como anguilas. La historia de la filosofía del derecho acaba de resentirse, una vez más. ¿Qué querrá decir que tener sexo sin condimento emocional es un DERECHO? ¿Y cuáles serían las obligaciones de ese derecho, las contrapartes? Aquí arriesgaría que, con toda la furia, no sería más que un ejercicio de resignación patinado de cierta tristeza que incluso provoca ternura como lo hacen algunas ciudades portuguesas o los perritos con tres patas.

El desarrollo del texto permite verificar una vez más que la falacia es otra máscara de la violencia semántica. Se me ocurre pensar que quizás el señor sexólogo esté pasando por alto un hecho propio de la facticidad real: todo tiene consecuencias. Ese nuevo pasaje del que habla -que parece tan sencillo en su boca y tan inocuo- es cercenado en su configuración básica (la acción de pasar de una cosa a otra, la moción misma), lo que por naturaleza tiene consecuencias en cuanto pone en movimiento algo. Así, en un microsistema lingüístico, se pontifican realidades que involucran al conjunto de la sociedad sin que al señor sexólogo se le mueva un pelo de lugar.

Entonces, y como segundo dispositivo de “autoridad”, entra en escena la periodista y guionista Verónica Malamfant, autora del ensayo Amigos con derecho a roces. Dice la sinopsis:

¿Qué es un amigo con derecho a roce? Ni un novio, ni un amante ni una potencial pareja. La autora abre las puertas de un nuevo universo relacional donde todo vale, menos enamorarse. Exploración, búsquedas y mucho sexo ocurren en el marco de pactos claros y contundentes. Relaciones esporádicas con buen trato, alguna que otra confidencia pero ninguna promesa futura ni regalos para San Valentín. Con amigos como éstos, nos dice la autora, se abre la puerta para ir a jugar. Juegos de adultos.

Nueva imagen mental: más que juego de adultos, Juego de Tronos. Porque no hay juego que no sea de poder; al mundo y a Foucault me remito si falta hiciere. Vale aclarar aquí que no he leído el ensayo, me abstengo de escribir desde esa hermosa madriguera que es el desconocimiento. Me limito a analizar el papel secundador que tienen las palabras de la periodista en este violento discurso. Su historia, básica. Chica conoce chico por twitter. Se enamoran, se ennovian. Verónica ha dejado de cazar en la velocidad tecnológica del mundo contemporáneo. Aclara, sin embargo, que su relación virtual siempre se planteó como algo serio, no en modo amigos con derechos. Y se me hace notable que haya visto tan claro, digo, en 140 caracteres, que la cosa venía heavy. Nada de nos hacemos los liberales, yo te rozo, tú me rozas. Eso ya pintaba relación estable. Y con puño femenino pero seguro, asesta nuevamente la violencia hecha palabra:

Este tipo de relaciones en las que el sexo es el protagonista y no hay lugar a la emoción son un “mientras tanto”, una espera activa ante la posibilidad de conocer a alguien con quien entablar una relación donde haya sexo y amor. “Sin ser ni machista ni feminista, yo tengo una visión bastante masculina sobre el tema -dice la periodista-. Para mí, las mujeres tienen que tener sexo para no joderle la vida al otro. Sos más feliz, con el sexo liberás endorfinas. Tener un amigo con derecho a roce te permite disfrutar sin poner todas las fichas en una pareja. Es una manera de relajarse.”

Vamos a ver. La emoción es un componente tan profundo, como lo diría, tan rematadamente humano que el hecho de que me la saques así, como un araña que te camina por el pelo, ya se me hace inadmisible. Emoción, te prohibimos. Pero resulta que además convertimos a esas personas que conforman el “mientras tanto” (¿serán personas?) en una suerte de Playmobils acartonados, cuya única función es bailar la conga frente a nosotros hasta que “conozcamos a alguien con quien entablar una relación”. Si esto no es cosificación, la cosificación dónde está. Verónica parece plantear una suerte de indiferencia aséptica ante el otro/a que tan divinamente nos ocupa el tiempo de ese mientras indefinido, desdibujado, inútil. Una medida del tiempo y de lo humano al menos discutible, susceptible de atacar. Incluso me aventuro a decir que la autora suscribiría encantada una especie de no-existencia para esos Playmobils en la que no puedan ni molestar. A lo sumo alguna que otra confidencia, tipo tengo tres hijos pero no te diré sus nombres.

Por otro lado, y bajo el manto democrático del “yo no soy esto ni aquello”, Verónica afirma que las mujeres DEBEMOS tener sexo con el único fin inmediato de no joderle la vida al otro (nótese que el otro es un hombre porque bien se encarga de apuntar que su visión es “masculina”). Un derroche de equidad, un argumento sólido, Descartes se congratula. En realidad, si nos ponemos en puristas de la argumentación, bien podría seguirse de las afirmaciones anteriores que si tenés un rollo sin emoción ni consecuencias ni sanvalentines, podrías relajarte “sin poner las fichas en una pareja”. Otra nota mental: el sujeto de la enunciación es Verónica que está referenciando a todas las mujeres que en el mundo han sido. Es decir nosotras, que lo único que buscamos es un novio y que claramente no estamos completas sin un hombre debemos relajarnos con X Playmobil, evitar cargarlo con nuestras expectativas vitales de completitud ontológica, porque ya va a llegar el príncipe azul que nos traerá el Cif para que brille nuestro piso como si fuera nuevo. Precioso deber-ser femenino, décadas de historia soliviantadas en un ensayo que arrancó en twitter y que los “argumentos de autoridad” ratifican tan alegres.

Para Guindín, hoy el sexo es una necesidad que hay que satisfacer. “Hacerlo es el mandato”, dice el especialista, que agrega que mientras antes los compañeros sexuales se contaban por una o dos decenas ahora hay que recurrir a la centena. “Hoy el promedio ha cambiado. Lo interesante es que las mujeres, solteras o casadas también tienen un «amigo con derechos», cuando antes, tal vez, era una práctica más relacionada con el hombre.”

¿Nos decíamos ayer mismo que andábamos escasas de mandatos? Acá tenemos uno nuevo; no vaya a ser que nos aburramos en los páramos del feminismo superador. Lo notable es que deberíamos celebrar la legitimidad de tener amigos con derechos aunque hayamos cometido el imperdonable pecado social de habernos casado o de estar solteras. Porque esa sí que es una batalla ganada con honor, a fuerza de abrir las piernas en cantidad para equipararnos con las prácticas “más relacionadas con el hombre”. Nada tiene que ver esto con la reivindicación histórica, colectiva e individual del género femenino (entre otros géneros) desde la cual se viva con naturalidad cualquier clase de vínculo nacido de la libre elección. No. Es parte de la lucha que se libra en las barricadas del mandato cuantificador que brega por la igualdad “de la diferencia”, por paradójico que suene. Se me ocurre que quizás estaría bien leer más a Judith Butler, pero no sé.

Finalmente, el texto retoma los casos prácticos en la voz de Lucas -recomiendo la lectura de esta parte por ser la más graciosa- y de Lucía a la que se la cita así:

Para las mujeres también es una ayuda. “La idea me pareció genial porque siendo mujer no siempre te resulta tan fácil ir de frente y, sobre todo, si es un amigo y no sabés bien qué le pasa a él con vos -dice Lucía Etchepareborda, de Olivos, que recibió el link de Darse con amigos justamente de una amiga-. Lo mejor del sexo con amigos es que ya te conocés y tenés la confianza; lo peor es que si no funciona o alguno de los dos se confunde, perdés la amistad.”

Claro, es joven, yo la entiendo. Tener amigos y perderlos como se pierden las llaves el lunes a la mañana es un lujo que no todos podemos darnos, es hasta eglógico, de campiña garcilasiana de la vega. Pero como dije más arriba, el argumento central se la banca a pesar mío y de él podría seguirse que en la relación con nuestros amigos no existe ningún componente emocional. Cero. En la amistad, tenga el grado de intimidad que tenga, no hay emociones. Recordemos que las habíamos prohibido. Da igual que te enrolles con tu amiga/o porque en definitiva si lo perdés (y perderás a unos cuantos, imaginemos una sala de espera repleta de Playmobils bailando la conga mientras llega ese ser totalizador) lo reemplazás con otro contacto hoy mismo. Un sugerido y listo, total, no hay consecuencias -susurrará en nuestra nuca la voz del sexólogo-. Último sintagma del artículo:

Lucía ya hizo su selección. Todavía está esperando que se le dé…

Y me pregunto: ¿hacía falta? Es que esto ya parece un castigo. La pobre no tiene bastante con lo difícil que se le hace encararse a los amigos -incluida la potencial pérdida de algunos-, que encima tiene que seguir esperando a que se le dé. Si es que dan ternura como los perritos con tres patas…

La primera conclusión evidente de todo esto es la siguiente: puede que me esté haciendo mayor. Ya tengo treintaypico y pertenezco a una generación que ha padecido los años 90 y que ha pasado por unas cuantas historias, divorcios, tratamientos de fertilidad, exilios, cicatrices y tatuajes. Puede. Pero también es posible que a cierto sector de esa generación nos cansen las propuestas que postulan la inmunización, el desprendimiento de la emoción, la indiferencia ante las consecuencias de nuestras acciones, de nuestros sexos, nuestros muros, time lines y whatsapps. Que nos aburra de tristeza la indiferencia como mandato y la asepsia como objetivo. Porque, digámoslo, todos somos muy de izquierda, garantistas, progres y comprometidos. Activistas de causas con nombres impronunciables. Nos horrorizan tantas cosas que de tantas, al final se hacen ninguna. Y esto contribuye, es un golpe más, silencioso.

Cabe nuevamente aclarar que no le estoy dando entidad a la aplicación, ni siquiera al comportamiento o a los mecanismos vinculares que mutan, como es esperable y lógico. Le doy entidad al discurso porque en él se juega la violencia, en el ser que puede ser dicho de múltiples maneras. Y que es atacado desde los frentes más pretendidamente inocuos y frívolos.

Me gustan los vínculos esporádicos, me gusta ser a veces una turista emocional en la vida de los otros y que visiten la mía en vacaciones de invierno. Participo de esos vínculos, me rodean, los veo funcionar. Pero creernos que ahí no hay emociones y que saldremos ilesos siempre, no sólo violenta el discurso que nos configura en la comunicación colectiva, también nos violenta adentro, donde los malos argumentos huyen espantados por la fuerza de la experiencia. La inmunidad es una falacia, una violencia más. En cada otro que llega nos jugamos lo que somos porque no hay escapatoria. Vamos siendo todo el día y eso no se carga en Cuevana y se le pone pausa. Pongamos a funcionar todos los dispositivos de distanciamiento que tengamos a mano. Vale. Hablemos claro -qué querés, qué quiero- con la claridad que sale sola cuando respetás al que tenés enfrente. Pero no compremos el discurso que parece protegernos de aquello que nos mueve las entrañas, porque apuesto aquí mismo que se lo lleva el primer viento de emoción que empiece a soplar.

Lévinas decía que el encuentro con “el otro” es quizás el acontecimiento más fundamental de la experiencia humana. Sigo creyendo en eso. No me interesa el dispositivo ni el soporte que utilicemos para producirlo. Todos son válidos y justos. Sin embargo, no acepto argumentos endebles que escondan la intención de convertirme en Playmobil. Con los juguetes juego, de hecho tengo un animalario de plástico. Con las personas, no. Ya sabemos lo que sale de instrumentalizar al otro, de violentar el lenguaje, de aplicar silenciosamente la deshumanización progresiva. El artículo va de eso. Y me provoca buscar los códigos para apagar esas alarmas que saltan ensordecedoras. Quizás mis argumentos también sean endebles, pero sustentan la negación a que me quiten de la cabeza la araña de la emoción. ¿Será por eso que uso el pelo tan corto?

Fuente:

http://www.lanacion.com.ar/1572176-darse-entre-amigos-la-moda-mas-picante-de-la-web